¿Para qué usamos la IA en clases y cómo la acompañamos?

12 noviembre, 2025

Por: Dr. Jaime Fauré, Académico de la carrera de Psicopedagogía de la Universidad Andrés Bello

En Chile niñas, niños y jóvenes ya conviven con la inteligencia artificial en su vida cotidiana. En el teléfono aparecen asistentes que resumen, traducen y crean imágenes. En la escuela surgen tareas donde una herramienta propone ideas o corrige borradores. En la casa se abren chats que responden con solvencia aparente, casi como un miembro más de la familia. Cualquiera de nosotros es capaz de visualizar todo esto y de imaginar, como en todo, las oportunidades y riesgos que supone. Ahora, la idea que quiero sugerir en esta columna es que el dilema por el uso de la inteligencia artificial no se resuelve con un sí o un no. La discusión importante no es si la permitimos o la restringimos, sino definir para qué será utilizada y cómo se acompaña su uso desde la escuela y desde la familia.

Definir para qué se utilizará la inteligencia artificial sin duda ayuda a ordenar la conversación. Hemos dicho antes, en otros medios, que no es lo mismo pedir que la herramienta produzca una tarea completa, que ponerla al servicio de comparar argumentos, detectar falacias, generar ejemplos alternativos o adaptar materiales a necesidades específicas. En el primer caso se borra el proceso y se empobrece el trabajo intelectual. En el segundo se amplía la reflexión y se transparenta la ruta que sigue cada estudiante. Propósito claro significa declarar el uso, cuidar la trazabilidad de las fuentes, hacer visible cómo se decidió y por qué, y fijar límites sobre aquello que no se delega porque forma parte del desarrollo cognitivo que queremos resguardar.

Dicho esto, pensar en cómo se acompaña este uso tiene incidencia directa sobre la calidad de la experiencia. En la sala de clases, el acompañamiento ocurre cuando el docente orienta la interacción, pregunta, hace pensar y combina momentos análogos y digitales para evaluar procesos y no solo productos. En la casa, el acompañamiento ocurre cuando las familias conversan sobre tiempos, privacidad y huella digital, cuando se pregunta qué se hizo con la herramienta y qué se aprendió sin ella. Ambas mediaciones reducen riesgos de desinformación, exposición nociva o dependencia, y a la vez abren ventanas para aprender mejor. En resumen: evitan malos usos.

Un punto importante que conviene tener en cuenta en esta discusión es la equidad. No todas las familias cuentan con planes pagados o dispositivos personales para contar con la inteligencia artificial. Por lo mismo, no corresponde que el acceso privado defina quién puede aprender con la herramienta y quién se queda mirando desde afuera. En este terreno, la escuela tiene el deber de asegurar experiencias guiadas en aula, con recursos abiertos y alternativas fuera de línea, de modo que la oportunidad no dependa del bolsillo. Prohibir de manera general solo desplaza el uso hacia la sombra, lejos de la mediación adulta. Soltar sin reglas deja a cada estudiante librado a su suerte. Ninguna de las dos rutas sirve.

En términos prácticos, hay cinco ideas que podemos aplicar para ir ordenando el camino. Primero, explicitar en reglamentos y planificaciones cuándo se usa inteligencia artificial, para qué se usa y cómo se declara su uso. Segundo, evaluar procesos mediante bitácoras reflexivas, decisiones argumentadas y verificación de fuentes, y no solo calificar el producto final. Tercero, formar a los equipos docentes con ejemplos por asignatura y protocolos de resguardo de datos que protejan a niños, niñas y jóvenes. Cuarto, entregar a las familias guías simples para conversar en casa y canales ágiles para reportar suplantaciones o ciberacoso. Quinto, diseñar tareas que funcionen con conectividad intermitente y que no exijan suscripciones de pago.

En definitiva, la inteligencia artificial ya está en los recreos, en las tareas y en los chats del curso. Pero está en las familias, en las conversaciones con amigos y en las redes sociales. Si seguimos atrapados en la falsa disyuntiva entre permitirla y prohibirla, perderemos el tiempo. En cambio, si definimos bien sus propósitos y acompañamos con criterio su uso, la inteligencia artificial se volverá una palanca para pensar mejor y para convivir más democráticamente. Por lo tanto, la pregunta que deben hacerse escuelas y familias es: ¿Para qué usamos la inteligencia artificial en clases y cómo la acompañamos?

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