Pablo Allard subrayó la necesidad de abordar la emergencia, la normalización y la reconstrucción con criterios de planificación urbana y salud mental comunitaria.
Según la última información entregada la Corporación Nacional Forestal (CONAF) actualmente en el país hay 18 incendios activos en 3 regiones (Ñuble Bío-Bío y La Araucanía), por lo que más de 41 mil hectáreas han sido quemadas. Ante esta realidad, el decano de la Facultad de Arquitectura y Arte de la Universidad del Desarrollo (UDD), Pablo Allard, hizo un llamado a abordar los desafíos que se deberán enfrentar en cuanto a reconstrucción, con una mirada integral y de largo plazo.
Explicó que todo desastre tiene tres fases: la emergencia, la normalización y la reconstrucción definitiva. “En la fase actual, que es la de emergencia, lo que se busca principalmente es contener los focos de incendio y atender a las personas damnificadas. Darles abrigo, refugio y salud a quienes estén heridos y, por lo tanto, darles también seguridad. Luego viene la fase de normalización, donde una vez ya extintos los incendios, se trata de que las personas puedan volver lo antes posible a una cierta normalidad. ¿Qué significa eso? Que tengan albergues transitorios, que puedan eventualmente los niños ir a escuelas modulares, que permitan que ellos estén en el día seguros y que sus padres puedan empezar a hacer las gestiones para la reedificación. Finalmente, en la etapa de reconstrucción definitiva, viene la recuperación, pero no es solamente con ladrillos y cementos, sino también en economía y salud mental de las comunidades”, explicó Allard.
Respecto a las posibles causas del siniestro, el académico indicó que ”si bien puede existir la intencionalidad humana, también el fuego se puede agravar por condiciones climáticas extremas, conocidas como la ecuación 30-30-30, que es tener temperaturas sobre los 30 grados, vientos superiores a 30 nudos y humedad relativa bajo el 30%”.
Además, sostuvo que “otra de las condiciones que facilitan mucho la propagación de los incendios, sobre todo en la interfase urbana y rural, es cuando tanto en los cerros -más bien silvestres- como en el entorno de las viviendas, hay mucha acumulación de combustible. Esto quiere decir que cuando tenemos un año muy lluvioso, crecen hierbas y arbustos que luego se secan, y si nadie los limpia, ese combustible facilitará la propagación del fuego. Lo mismo pasa en las casas, si no se limpian las canaletas, los techos o si hay vegetación muy cercana a las viviendas”.
Por lo mismo, Allard afirmó que es posible construir comunidades más resilientes al fuego, especialmente en la interfase urbano-rural, siempre y cuando se consideren algunas recomendaciones, como por ejemplo: limpiar y ordenar el entorno de las viviendas para que no hayan arbustos ni grandes árboles, a menos de 6 o 10 metros de distancia de las casas. Añadió que hay que fijarse en que no se acumulen hojas, matorrales o incluso bidones con parafina u otros elementos inflamables en zonas donde se pueda acercar el fuego.
“Ordenar y ver la planificación de las comunidades para que tengan vías de escape adecuadas, para que también los vehículos de emergencia puedan llegar a los puntos donde se produce la interfase urbana y rural. Por lo tanto, aquí no solamente estamos hablando de viviendas, sino que también de un diseño de la ciudad, para que sea más resiliente y esté mejor preparada para enfrentar los incendios. Lo mismo sucede con la ubicación de los estanques, de reserva de agua y generar zonas cortafuegos en el entorno”, concluyó.
