La Dra. Ximena Quiñones, académica de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UCM, analiza el valor cultural de esta festividad y las brechas que enfrenta la pequeña producción ante un mercado global en transformación.
La ciudad de Curicó se prepara para una nueva edición de la Fiesta de la Vendimia, un hito que trasciende el evento comercial para situarse como un pilar del patrimonio del Valle Central de Chile. Según explica la Dra. Ximena Quiñones, esta celebración se inspira los ritos festivos que se realizan con el fin de la cosecha de uvas desde la época colonial, y hasta el presente.
«Las fiestas de la vendimia provienen de una historia de trabajo colectivo y reciprocidad campesina, similar a la trilla a yegua. Eran instancias donde el intercambio de mano de obra y la abundancia de comida daban por cerrada la temporada agrícola» señaló la académica. Con el tiempo, este espíritu comunitario se institucionalizó bajo el alero de la Ruta del Vino y la Municipalidad de Curicó, consolidándose como un espacio de encuentro para poner en valor a todo el sector vitivinícola.
Educación vitivinícola: Más allá de la degustación
Para la experta de la UCM, la fiesta representa una oportunidad pedagógica invaluable. El desafío actual de las viñas no es solo ofrecer degustaciones, sino fomentar una alfabetización vitivinícola que acerque al consumidor «poco versado».
«La Fiesta de la Vendimia no es solo un evento de consumo; es el puente necesario para que el ciudadano común deje de ser un espectador y se convierta en un consumidor educado que entiende el valor del vino, sus variedades y la diversidad de procesos que van desde la producción artesanal a la industrial, en valles regados y de secano», afirmó la académica.
En ese sentido, destaca que el evento permite experimentar calidades, colores y aromas, además de rescatar tradiciones simbólicas como la molienda a pie. «Es muy potente y bonito, porque nos muestra cómo se hereda una tradición que ya casi no se ve en el campo», añadió.
Crisis de mercado y el rol de la academia
El sector atraviesa una contracción de la demanda global debido al cambio en los hábitos de las nuevas generaciones. Ante esto, Quiñones identifica tres ejes críticos donde la vinculación universitaria es fundamental: tecnología adaptada, mejora de estándares e innovación.
«Como universidad, nuestro desafío es escuchar las necesidades de la pequeña viticultura y ofrecer soluciones de bajo costo, como sistemas de embotellado adaptados que permitan a un productor de Cauquenes competir, por ejemplo, en el mercado de los espumantes», explicó.
El valor estratégico del Secano
La académica enfatiza que la producción de vinos locales, de empresas asociativa y de pequeños productores, especialmente los de secano, conlleva beneficios ambientales y sociales directos.
«Por ejemplo, la huella hídrica de un vino del secano es menor a la de un vino producido en un valle regado».
Asimismo, subraya el impacto social: «Para muchos productores, la opción es drástica: o mantienen su viña o dejan el campo botado. Las viñas generan empleo donde no existen otras alternativas, frenando la migración a la ciudad».
Más allá del vino, la Dra. Quiñones invita a los asistentes a explorar la despensa local y los productos que ofrecen pequeños productores de INDAP, como las pastas de ají de Palmilla o Villa Prat, y las conservas artesanales.
«El mensaje no es necesariamente aumentar el consumo, sino que, cuando decidamos descorchar una botella, nuestra preferencia se incline hacia la pequeña viña. Cada copa de un productor local es un voto de apoyo a la permanencia de la familia campesina en el territorio».
